lunes, 7 de septiembre de 2009

Aguilar de Campoo


Tierra de trigo, de patatas, de ríos y molinos, de iglesias y monasterios dotados de subyugante hermosura como el de Santa María La Real, pero sobre todo tierra con un aroma característico e inconfundible a galletas, esa es la tierra que nos dice que hemos llegado a Aguilar de Campoo, el lugar donde vive mi querida abuela Trinidad. Este artículo es un homenaje a una gran mujer. Una mujer que ha sabido vivir con optimismo y humor incluso en las penas que la vida nos depara, una mujer que ha sabido vivir siempre dispuesta a ayudar a los demás, y por supuesto, a su familia, una mujer que vive cada día como si fuera el último, porque como ella dice “mañana no sé si estaré ya aquí”.

Su vida no ha sido fácil, la época que le tocó vivir tampoco lo era, y quizás aquellos tiempos forjaron su carácter y personalidad para convertirla en una mujer fuerte y con capacidad de lucha.

Reparte cordialidad a todos los que la conocen, y la gente se conmueve al observar con gozo lo bien que se conserva a su avanzada edad, nada más y nada menos que 86 años.
Es una persona que transmite una gran energía y vitalidad, cuando conversas con ella desprende satisfacción por la vida que lleva y ha llevado, y sobre todo por ver a los suyos con buena salud y trabajando.
 
La vida, a veces, nos sorprende, nos enoja, nos aprieta, nos reta, nos encauza, nos alegra, nos agita, nos enamora, y ella ha sabido sacar lo mejor de lo poco o mucho que ha tenido en cada momento.
 
Apenas duerme una o dos horas al día, por la noche nos cuenta que se queda igualmente acostada en la cama aunque no duerma. Pero aun así, no le falta el brío para realizar sus tareas diarias, que son unas cuantas: ir a misa, las tareas de la casa, regar las plantas, la compra, preparar la comida, sus paseos de unos cuantos kilómetros… Ya nos gustaría a muchos de nosotros hacer todo lo que hace esta mujer, pero eso sí, como ella lo vive, con alegría.
  

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