viernes, 12 de agosto de 2011

Reflexiones…

El pasado mes de junio asistí a un curso de verano de la Universidad de Zaragoza. Las conferencias sobre historia, violencia y multiculturalidad fueron tremendamente inspiradoras, y de todo ello han surgido reflexiones acerca de la pena de muerte, de la legitimación del uso de la violencia, de la convivencia o coexistencia de diferentes culturas a lo largo de la historia, sobre el futuro de las religiones…

En el mundo occidental la mayoría de las personas parecen estar en contra de la pena capital. Ahora bien, cuando se pregunta fácticamente: ¿qué haces con un asesino en serie que ha matado a un centenar de personas, o incluso a una veintena? Este tipo de casos existen, y en ellos la opinión de muchas personas sobre la pena de muerte cambia radicalmente. Tengo que decir que la mía propia también. Siempre he estado en contra de este castigo extremo, pero en ciertos casos mi conciencia y mi razón me dicen al unísono: está justificado.

Si queremos seguir manteniendo la postura más civilizada,- en contra de la pena de muerte-, cabría esperar entonces alternativas. Pero, ¿qué alternativas nos quedan?, ¿la cadena perpetua?, ¿y los enormes gastos derivados de todo esto para un Estado? En España, por ejemplo, la pena máxima real es de 20 años de cárcel. ¿Estamos dispuestos los ciudadanos a ver salir indemne a un asesino tras estos años de castigo, sabiendo que posiblemente vuelva a matar, violar, etc.? El sistema carcelario está planteado para establecer una punición pero también para reinsertar, rehabilitar a estas personas con el fin de que puedan volver a una vida “normal”. Esto último es una utopía si nos estamos refiriendo a asesinos; ni la cárcel rehabilita, ni el preso se convierte en un “santo” después de unos cuantos años en el correccional. De hecho, se han realizado estudios sobre violadores, y cuando salían a la calle “volvían a las andanzas”. Bien es cierto que, en el caso de estos delincuentes, se puede solventar la situación con medicación específica, siempre y cuando se les tenga vigilados.

Siguen apareciendo problemas al respecto; si abres la puerta a la ejecución de un individuo por parte de un Estado, resulta complicado, cuando menos bastante delicado trazar un límite, una línea a partir de la cual decidir si se firma una sentencia de muerte o no. Y depender del jefe de Estado de turno y de sus excentricidades, crueldades, abusos de poder, locuras o desfachateces agrava la cuestión.

El debate de la pena capital se encuentra en un círculo vicioso, del cual es muy complicado salir. Primero porque faltan opciones viables, y segundo porque en las bases de este escarmiento se encuentra la religión. Históricamente las torturas y el “ojo por ojo” se han aplicado siempre. No sólo para castigar al reo sino también como modelo de represión de masas, de mayorías sobre minorías, para infundir el miedo, como espectáculo y también como “reeducación” del pueblo, dar ejemplo desde el poder.

Las grandes religiones monoteístas como el islamismo y el cristianismo han utilizado la pena de muerte. El pueblo judío nunca ha sido ni vencedor ni vencido, y no ha ejercido la violencia de la misma manera que las otras dos religiones. Aunque sí que es cierto que estas tres culturas creen tener la verdad absoluta, y por ende, esto les lleva a excluir a aquellos individuos que no tienen las mismas creencias, o a ejercer el poder desde el dogmatismo, o al uso de la violencia en sus distintas formas para convertir, convencer al otro y que vea “la verdad”.

A pesar de lo que vemos en la historia, hay que dejar un atisbo de esperanza. La idealizada “multiculturalidad” reviste de una puesta en práctica difícil. De hecho, durante el Medievo presenciamos una coexistencia o conveniencia de diferentes pueblos, religiones pero en ningún caso hubo convivencia como tal. La convivencia resultaría de comer juntos, festejar juntos, casarse unos con otros sin importar la religión… Este mito de convivencia entre estas tres grandes culturas (judaísmo, islamismo y cristianismo) fue durante la época medievalista, eso, solamente un mito.

En la actualidad creo que esta situación ha cambiado bastante. Tanto el islamismo como el judaísmo siguen con sus corrientes absolutistas en sus doctrinas; sin embargo, el cristianismo, aunque formalmente su funcionariado y cúpula siguen en la misma línea, el “cristiano de a pie” parece bastante más flexible de lo que cabría esperar en un cristiano que viviese en los siglos XIII, XIV o XV. Según estadísticas, en España es mucho menor el número de casos de musulmanes que abrazan el cristianismo, que el número de cristianos convertidos al islamismo en cuestiones matrimoniales. Si esto es así, ¿podríamos  vislumbrar una proyección más abierta y menos fundamentalista de las religiones?, y por lo tanto, ¿una mayor tolerancia?

Y, ¿por qué quiero ligar “la evolución de las religiones” con la pena capital? Los pueblos que han ejecutado a individuos, sean de la religión que sean y en cualquier parte del mundo, estaban inspirados en la mayoría de los contextos por una creencia teística.

De esta manera, ¿el futuro de las religiones podría ser el ateísmo o laicismo como única vía para  la convivencia pacífica y la tolerancia de los pueblos? Una “ética supranacional”.

La violencia está justificada en el Corán y la Biblia, e incluso se encuentran tremendas contradicciones en estos libros. Tenemos el caso del escritor británico Salman Rushdie y los “Versos satánicos”; el 14 de febrero de 1989, un edicto religioso instando a su ejecución fue leído en Radio Teherán por el ayatolá Jomeini. El edicto acusaba al libro de "blasfemo contra el  Islam". Además, Jomeini acusó a Rushdie del pecado de "apostasía", el abandono de la fe islámica que según los ahadiz, o tradiciones del profeta, debe castigarse con la muerte. La acusación de apostasía se debió a que Rushdie a través de la novela afirmaba no creer ya en el Islam. Jomeini hizo un llamamiento a la ejecución del escritor, y también a la ejecución de aquellos editores que publicaran el libro conociendo sus contenidos.

Si en las bases, si en los cimientos, si en los libros sagrados de algunas religiones se ampara, se justifica y se apoya la violencia, ¿no deberíamos cuestionar la ética de éstas? Este planteamiento se complica todavía más, cuando el paradigma, el prisma, el esquema mental, los prejuicios y valores son muy distintos si perteneces a una determinada cultura/religión o a otra. Y aún difiere en mayor medida cuando percibes el mundo con los ojos de un ateo.

Otro asunto de interés es reflexionar acerca de la condición humana; plantearse si el hombre es malo o bueno por naturaleza. Si estuviese claro que fuera un ser vil y perverso per se, la violencia y la pena de muerte seguirán formando parte de la historia de la humanidad. Ahora bien, todavía no se ha encontrado ese “gen del mal” causante de todas las desgracias, atrocidades y guerras. Y sin embargo, hay estudios científicos recientes sobre el altruismo del ser humano que podrían desvelar una predominancia del bien frente al mal.

Considero que sería tremendamente fructífero aunar esfuerzos desde los diferentes campos que pueden contribuir a una explicación más acertada si cabe sobre estos orígenes de la violencia: desde la historia, la arqueología, la psicología, la antropología, la sociología, la medicina, la genética, la neurología, la biología, la química… Al cruzar todo el conocimiento ya existente en todas estas ciencias, las correlaciones y efectos causales surgirían de forma inmediata.

Eduard Punset contribuye en esta línea de pensamiento científico tanto en sus obras publicadas (más de una decena) como en el programa de televisión “Redes”. Resulta un poco ingenuo pensar que la mayor parte de nuestro pensamiento y acciones son conscientes. “No más de un cinco por ciento de nuestra actividad mental se desarrolla de una manera consciente” (“Viaje a las emociones” de Eduard Punset). 
 
Por último, me gustaría añadir una noticia comentada durante el mes de julio en los medios de comunicación en relación con la pena de muerte y la posibilidad de inocencia, o cuando menos que haya habido violación de los derechos del preso. El mexicano Humberto Leal fue ejecutado en Texas tras la negativa del Tribunal Supremo de EE.UU., por cinco votos frente a cuatro, a detener su muerte en una decisión que el Gobierno de México condenó taxativamente. Su delito: violar y matar a una adolescente de 16 años, pero se le negó asistencia consular. En este caso se ha quebrantado un derecho constitucional del reo, quien fue detenido sin que se respetara su derecho a hablar con su consulado.
 
Sucesos como éste ponen de relieve la terrible fragilidad del ser humano, de un Estado una vez que decide legitimar “la máquina de matar”. Los fallos, las equivocaciones, los posibles inocentes están ahí; y una sociedad civilizada, democrática, ¿pretende vivir con ello?, ¿con la carga que supone en nuestras conciencias?  

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